Hay una inmaterialidad y una estética del despojo en El libro de las nubes, de Gabriel Caldirola, una síntesis que juega a diluirse cual acuarela de un paisaje que se narra desde un diario de viaje con modulaciones pasteles y la intensidad de la luz de la mirada como eje central que se transforma en tono, tema y tópico de esta aventura.
Mientras la paciencia de la contemplación es una constante que se expresa en la práctica de los monjes citados en los pasajes del libro y que adquiere la postura del poeta; la experiencia de una Grecia desactualizada y convertida en pretérita remembranza de un tiempo anhelado, añejado y perdido es retomada para ser retratada. En algunos versos se cuelan palabras de otro idioma o con sonidos que las hacen extranjeras y resignifican la simplicidad del verso/oración que nos remite a otro espacio histórico. Sin embargo, la actualización vuelve presente a sujeto y mundo en un mismo evento corpóreo que le da forma a la existencia condensada del vapor de agua, la presión del aire y la necesidad de ser un Libro de nubes.




